Bioshock
Contra la abstinencia. Sexo oral Empiezo abriendo paréntesis de par en par. A todos aquellos que nunca han despertado en cama del prójimo con ganas de un ajeno. A los que no se han deslizado jamás por la cornisa de unos labios que en principio no esperaban visita. A los que nunca, nunca en su vida se han preguntado a quién pertenece esa ropa interior que de pronto destiñe su cara de blanco y sus excusas de color. A todos ellos, un mensaje antes de empezar. Dejad de leer esto aquí y ahora. Cosas de mayores, de gente que desayuna miserias propias y caga mentiras ajenas. Creo que ya estamos solos. Bueno, aún nos siguen los curiosos y los ofendidos, pero esos no importan, los primeros son carne de decepción, y de los segundos, su opinión sólo va a hacer que empeorar, así que para qué preocuparse. Cierro paréntesis, me trago la llave y borracho de laxantes de honestidad, allá me voy.  Hola cariño. No digas nada. Me da igual si te pillo mal. Tú calla y goza. Ahora que andamos tan lejos, aunque olemos tan cerca. Ahora que este par de ojos atropellados y otros tantos dedos inyectados en sangre han marcado tu número sobre mi móvil resbaladizo. Ahora sabrás por qué esta mirada entornada no la usa la buena gente. Ahora comprobarás por qué esta saliva enjaulada ya no debe quedarse aquí. No me pongas cara de princesa, que estoy hablando de ti. Nos vamos a reír de tanta corrección estéril. De tanto hacer el amor. De tanta hipócrita que dice que no la chupa, porque, en realidad, no la sabe chupar. Hoy es mi sucia boca la que va a llenarte este cuerpazo tuyo de palabras viscosas. Hoy es mi puro vicio el que quiere viciarse contigo. Hoy no existe desvío hacia el cariño, ni cabe ningún piropo, hoy lo mínimo es llamarte guarra, y tú nombrarme cabrón. Dile a tus oídos que se abran de patas, pídele a mi lengua que se corra en todos tus “no”. Y es que no sé si te habrás dado cuenta, niña, pero hace ya un rato que esto de nos va de las manos. Y en algún momento de incómoda distancia, a ellas tenía que volver. Ponte cómoda, estés donde estés. En una mano, mi poca vergüenza. En la otra, todas las tuyas. Y así, repartida y repatriada, prepárate para jadearle bien fuerte a la señora Nokia y al señor Vodafone. Que se pongan cachondos de sólo oírnos. Que acaben fuera de cobertura, ellos que pueden, a nuestra salud. Dime qué llevas puesto. Empieza por lo que no hace falta que te quites. Háblame ininteligible, balbucéame de guarradas, que transpiren todos tus poros, que yo, desde aquí, pueda oírte lubricar. Hazme un hueco en tu apretada lengua. Dale algo bien duro con lo que jugar. Hazte diosa metida a puta. Hazte perra venida a más. Y ahora que me tienes bien empapado, ahora pide por esa boquita, y dime que necesitas de este sexo, al que te has vuelto adicta, del que no puedes más. Dímelo, háblamelo, cuéntamelo todo si es que te atreves. Supongo que quieres hablar con mi hija. Está conduciendo. Risto Mejide

Contra la abstinencia. Sexo oral

Empiezo abriendo paréntesis de par en par. A todos aquellos que nunca han despertado en cama del prójimo con ganas de un ajeno. A los que no se han deslizado jamás por la cornisa de unos labios que en principio no esperaban visita. A los que nunca, nunca en su vida se han preguntado a quién pertenece esa ropa interior que de pronto destiñe su cara de blanco y sus excusas de color. A todos ellos, un mensaje antes de empezar. Dejad de leer esto aquí y ahora. Cosas de mayores, de gente que desayuna miserias propias y caga mentiras ajenas. Creo que ya estamos solos. Bueno, aún nos siguen los curiosos y los ofendidos, pero esos no importan, los primeros son carne de decepción, y de los segundos, su opinión sólo va a hacer que empeorar, así que para qué preocuparse. Cierro paréntesis, me trago la llave y borracho de laxantes de honestidad, allá me voy. 


Hola cariño. No digas nada. Me da igual si te pillo mal. Tú calla y goza.

Ahora que andamos tan lejos, aunque olemos tan cerca. Ahora que este par de ojos atropellados y otros tantos dedos inyectados en sangre han marcado tu número sobre mi móvil resbaladizo. Ahora sabrás por qué esta mirada entornada no la usa la buena gente. Ahora comprobarás por qué esta saliva enjaulada ya no debe quedarse aquí. No me pongas cara de princesa, que estoy hablando de ti. Nos vamos a reír de tanta corrección estéril. De tanto hacer el amor. De tanta hipócrita que dice que no la chupa, porque, en realidad, no la sabe chupar.

Hoy es mi sucia boca la que va a llenarte este cuerpazo tuyo de palabras viscosas. Hoy es mi puro vicio el que quiere viciarse contigo. Hoy no existe desvío hacia el cariño, ni cabe ningún piropo, hoy lo mínimo es llamarte guarra, y tú nombrarme cabrón. Dile a tus oídos que se abran de patas, pídele a mi lengua que se corra en todos tus “no”. Y es que no sé si te habrás dado cuenta, niña, pero hace ya un rato que esto de nos va de las manos. Y en algún momento de incómoda distancia, a ellas tenía que volver. Ponte cómoda, estés donde estés. En una mano, mi poca vergüenza. En la otra, todas las tuyas. Y así, repartida y repatriada, prepárate para jadearle bien fuerte a la señora Nokia y al señor Vodafone. Que se pongan cachondos de sólo oírnos. Que acaben fuera de cobertura, ellos que pueden, a nuestra salud.

Dime qué llevas puesto. Empieza por lo que no hace falta que te quites.

Háblame ininteligible, balbucéame de guarradas, que transpiren todos tus poros, que yo, desde aquí, pueda oírte lubricar. Hazme un hueco en tu apretada lengua. Dale algo bien duro con lo que jugar. Hazte diosa metida a puta. Hazte perra venida a más. Y ahora que me tienes bien empapado, ahora pide por esa boquita, y dime que necesitas de este sexo, al que te has vuelto adicta, del que no puedes más. Dímelo, háblamelo, cuéntamelo todo si es que te atreves.

Supongo que quieres hablar con mi hija. Está conduciendo.


Risto Mejide

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